Mis queridos amigos:Corría el año 1852 cuando en el Oratorio de Valdocco se vinieron literalmente abajo los sueños de Don Bosco.
Con gran esfuerzo, no pocos sacrificios y mucha confianza en la Providencia se habían comenzado las obras de un nuevo edificio que ampliaba notablemente la vieja construcción. Se trataba de albergar a más muchachos y disponer de más espacios para clases y talleres.
Las obras se desarrollaron con gran rapidez pero la estación otoñal ganó la partida antes de que pudieran terminarse los trabajos. Un violento aguacero se desencadenó y golpeó con insistencia la ciudad de Turín durante varios días. Hubo que interrumpir la construcción y el agua, filtrada por entre vigas y listones, arrastró la argamasa todavía fresca debilitando el edificio recién levantado.
Era de esperar. Cercanos a la medianoche del día 2 de diciembre, un ruido estrepitoso anunció lo que estaba sucediendo. En el edificio colindante, los chavales dormían y se despertaron sobresaltados corriendo despavoridos intuyendo la desgracia. En pocos minutos, todo se vino abajo y con las paredes y el armazón del techo se derrumbaron también las ilusiones y esperanzas que sostenían el empeño y el sacrificio de tanto tiempo.
Por fortuna, no hubo que lamentar desgracias personales. Y eso que se temía que pudiera venirse abajo también el viejo edificio, dado que la nueva construcción se apoyaba en sus muros. Como atestiguó el ingeniero del ayuntamiento que inspeccionó el lugar al día siguiente, había motivos para “dar gracias a la Virgen de Consolación porque aquella pilastra se sostiene por milagro y, de caer, hubiese sepultado entre ruinas a Don Bosco y a los treinta muchachos acostados en el dormitorio que está debajo”.
Pero no había tiempo para el desaliento. Valorados los daños, Don Bosco se puso de nuevo manos a la obra. Hubo que esperar al buen tiempo, pero apenas se pudo, se reanudaron los trabajos.
¿De dónde sacar tanto dinero? La Providencia venía una y otra vez al encuentro de las necesidades del santo sacerdote. No faltaron los bienhechores que, con gran generosidad, hacían llegar a Valdocco los recursos necesarios.
Como el mismo Don Bosco recuerda en las “Memorias del Oratorio”, este constante goteo de ayudas y solidaridades era el “pan nuestro de cada día”. Y nunca mejor dicho. Ante tantos gastos y necesidades, el panadero no cobraba hacía tiempo. En aquellos días, como en tantos otros momentos, el panadero – cuenta Don Bosco – “empezaba a poner dificultades en el suministro del pan”.
¿Quién sabe cuántas veces habría avisado a Don Bosco de la deuda contraída con él? ¿Cuántas veces habría amenazado con dejar de servirle? Pero los chicos del Oratorio sabían que el Padre Dios les daría siempre el pan de cada día.
Así fue. Entre todos los benefactores y amigos de la obra de Don Bosco, el Conde Cays (que años más tarde se hará salesiano y sacerdote), saldó la vieja deuda de 1200 francos con el panadero. Y continuó el suministro. Y hubo nuevo edificio. Y nuevas escuelas. La Providencia.
Tiempos épicos de necesidad y de gracia. De confianza ilimitada en Dios y de temeridad. Pero los sueños se hacen siempre realidad cuando de por medio está la tenacidad de la fe, el aliento de la esperanza y el ardor de la caridad. Y Dios hace llegar siempre el pan a sus hijos, aunque para ello alguien tenga antes que pagar la deuda con el panadero.
Vuestro amigo
José Miguel Núñez

a y encontrándome en medio de una multitud de niños me agredió con un largo cuchillo en la mano (…) resultaba, pues, muy difícil dominar a tan desenfrenada juventud”.
